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La Tierra y la Luna se formaron más tarde de lo que se pensaba

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La Tierra y la Luna se crearon como resultado de una colisión gigante entre dos planetas del tamaño de la Tierra y Marte. Hasta ahora se pensaba que sucedió cuando el Sistema Solar tenía unos 30 millones de años, hace aproximadamente 4.537 millones de años. Pero una nueva investigación del Instituto Niels Bohr demuestra que la Tierra y la Luna deben haberse formado mucho más tarde, quizás 150 millones de años tras la formación del Sistema Solar.

Impresión artística que ilustra la colisión entre la proto-Tierra
y el hipotético Theia, a partir de la cual se formó la Luna.
"Hemos determinado las edades de la Tierra y la Luna usando isótopos de tungsteno, que pueden revelar si los núcleos de hierro y sus superficies rocosas se han mezclado durante las colisiones", explica Tais W. Dahl, que realizó la investigación como proyecto de tesis en geofísica en el Instituto Niels Bohr en la Universidad de Copenhagen en colaboración con el profesor David J. Stevenson del Instituto Tecnológico de California (Caltech).

Los planetas del Sistema Solar se crearon mediante colisiones entre pequeños planetas enanos que orbitaban al recién nacido Sol. La Tierra y la Luna son el resultado de una gigantesca colisión[1] entre dos planetas del tamaño de Venus y Marte. Ambos planetas colisionaron en una época en la que los dos tenían un núcleo de metal (hierro) y un manto alrededor de silicatos (roca). Pero, ¿cuándo y cómo sucedió? La colisión tuvo lugar en menos de 24 horas y la temperatura de la Tierra era tan alta (7.000º C), que tanto roca como metal se fundieron en la turbulenta colisión. Pero, ¿la masa de roca y la de hierro se mezclaron entre sí?

Hasta hace poco se pensaba que la roca y el hierro se mezclaron completamente durante la formación del planeta, y por tanto la conclusión era que la Luna se formó cuando el Sistema Solar tenía unos 30 millones de años, hace aproximadamente 4.537 millones. Pero la nueva investigación muestra algo totalmente diferente.

La edad de la Tierra y la Luna puede datarse examinando la presencia de ciertos elementos en el manto de la Tierra. El hafnio-182 es una sustancia radiactiva, la cual decae y se convierte en el isótopo tungsteno-182. Los dos elementos tienen propiedades químicas notablemente diferentes y aunque los isótopos de tungsteno prefieren unirse al metal, los de hafnio prefieren unirse a los silicatos, es decir, las rocas.

Se necesitan de 50 a 60 millones de años para que todo el hafnio decaiga y se convierta en tungsteno, y durante la colisión que formó la Luna, todo el metal cayó hacia el núcleo de la Tierra. Pero, ¿cayó todo el tungsteno al núcleo?

"Hemos estudiado hasta qué punto el metal y la roca se mezclaron durante las colisiones que formaron el planeta. Usando cálculos de modelos dinámicos de la mezcla turbulenta de la roca líquida y las masas de hierro, hemos encontrado que los isótopos de tungsteno de la formación inicial de la Tierra permanecen en el manto rocoso", explica Tais W. Dahl.

El nuevo estudio implica que la colisión que formó la Luna tuvo lugar después de que todo el hafnio hubiese decaído por completo en tungsteno.

"Nuestros resultados demuestran que el núcleo de metal y la roca son incapaces de emulsificarse en estas colisiones entre planetas que son mayores de 10 kilómetros de diámetros, y por tanto que la mayor parte del núcleo de hierro de la Tierra (80 a 99 %) no eliminó el tungsteno del material rocoso del manto durante la formación", señalaTais W. Dahl.

Los resultados de la investigación han sido publicados en la revista científica, Earth and Planetary Science Letters.

Nota:
[1] Al decir que la Tierra es producto de una colisión, nos referimos a que la proto-Tierra, antes de la colisión, tenía una masa inferior a la que se le conoce actualmente a nuestro planeta, masa que obtuvo a partir del impacto con Theia.


Fuente
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Buscando los secretos del nacimiento de los planetas

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Imagine cortar puertas rectangulares en el costado de un avión 747, instalar un telescopio de 17 toneladas y volar a la estratosfera para resolver uno de los misterios más grandes de la astronomía. Eso es lo que la NASA y el Centro Aeroespacial Alemán planean hacer con el observatorio aéreo de vanguardia llamado SOFIA.


No siempre se necesita un cohete para hacer ciencia de cohetes. Algunas veces, un simple avión alcanza, un simple avión Boeing 747 que transporte un telescopio de 17 toneladas y 2,7 metros de ancho, llamado SOFIA.

SOFIA, que es el nombre abreviado en idioma inglés de Stratospheric Observatory for Infrared Astronomy (Observatorio Estratosférico para Astronomía Infrarroja, en español), observará el Universo mientras se desliza a través de la estratosfera a 13.700 metros de altura. Cuando comience sus operaciones el año próximo, será el observatorio aéreo más grande y avanzado del mundo.

"SOFIA está preparado para lograr resultados científicos espectaculares", dice la científica del proyecto Pamela Marcum. "Por ejemplo, este telescopio nos ayudará a averiguar cómo se forman los planetas y cómo llegó a existir nuestro propio Sistema Solar".

Y, como es un observatorio móvil, puede volar a cualquier lugar, a cualquier hora. SOFIA se puede ubicar en una determinada posición para capturar eventos astronómicos especialmente interesantes, tales como ocultaciones estelares (cuando objetos celestes cruzan frente a estrellas localizadas en el fondo), mientras que los telescopios en tierra, ubicados en posiciones geográficas 'incorrectas' en la superficie de la Tierra, se pierden el espectáculo. SOFIA volará por arriba del velo de vapor de agua que rodea a la Tierra con el fin de lograr una mirada amplia del cosmos.


Si bien nuestra galaxia está repleta de sistemas planetarios, los astrónomos no saben exactamente cómo se forman. Esto se debe a que los telescopios comunes no pueden ver a través de las gigantes y densas nubes de gas y polvo que dan origen a los planetas. Usando longitudes de onda infrarroja, SOFIA puede penetrar la bruma y observar el proceso de nacimiento, mostrando a los científicos cómo se juntan las moléculas para construir mundos.

"SOFIA será capaz de localizar la línea de hielo planetaria donde el vapor de agua se convierte en hielo en el disco de polvo y gas que hay alrededor de las estrellas jóvenes", dice Marcum. "Eso es importante porque pensamos que allí es donde se forman los gigantes gaseosos. Los núcleos planetarios más masivos son más comunes porque las condiciones son las mejores para formar rocas y también hielo".

"Una vez que se forma un núcleo lo suficientemente grande, su gravedad se vuelve lo suficientemente fuerte como para atrapar gas, de modo que más moléculas de hidrógeno y de helio puedan 'pegarse'. Entonces, estos grandes núcleos pueden crecer hasta convertirse en gigantes gaseosos como Júpiter y Saturno. De lo contrario, continúan siendo planetas más pequeños, con hielo y rocas".


"SOFIA también será capaz de indicar dónde se localizan dentro del disco protoplanetario los componentes básicos, tales como el oxígeno, el metano y el dióxido de carbono".

Conocer dónde se ubican varias sustancias dentro del disco nos ayudará a saber cómo se juntan desde "abajo" para formar planetas.

Una de las fortalezas clave del telescopio es que será el complemento de otros observatorios infrarrojos. Con una vida útil de 20 años, puede llevar a cabo estudios de seguimiento de objetos que telescopios infrarrojos de corta vida útil no tienen tiempo de realizar. Si, por ejemplo, un observatorio en órbita, como el WISE, detecta algo que merezca más atención, SOFIA puede realizar una larga y detenida observación, mientras el WISE continúa mirando el resto del cielo.

"WISE está diseñado para escanear el cielo entero en longitudes de onda infrarroja y reunir información de una multitud de objetos, más que para estudiar objetos particulares con gran profundidad", explica Marcum. "Pero SOFIA tiene tiempo de sobra para realizar estudios más profundos".


SOFIA también puede hacer ciencia mediante estudios de seguimiento llevados a cabo con el fin de cosechar todos los beneficios de los descubrimientos que surgieron de las investigaciones espaciales realizadas por Herschel y, después, de los estudios en el cercano y mediano infrarrojo que hizo el Telescopio Espacial James Webb.

"Una vez que a Herschel se le terminen sus tres años de enfriador, SOFIA será el único observatorio que pueda proporcionar, de manera rutinaria, una cobertura dentro del rango que abarca desde las longitudes de onda del lejano infrarrojo hasta las ondas submilimétricas. Esta parte del espectro es un territorio casi absolutamente inexplorado".

"Y, aunque SOFIA cubre la misma parte del espectro que el Telescopio Espacial James Webb, está optimizado para alcanzar longitudes de onda ubicadas exactamente más allá de las que puede detectar el James Webb, para complementar sus observaciones. SOFIA realizará un fantástico trabajo ya que observará en el espacio que queda entre las longitudes de onda que capta el James Webb y las que capta el Herschel".

A diferencia de estos telescopios espaciales, SOFIA puede 'regresar al granero' periódicamente para reparar, ajustar sus instrumentos o incluso cambiarlos por otros instrumentos científicos nuevos y mejorados, siguiendo el ritmo de la ciencia de vanguardia desde un 'simple' aeroplano.
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Palas, el protoplaneta

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Un protoplaneta como Palas es un cuerpo celeste considerado como el embrión de un planeta. Palas tiene 265 kilómetros de diámetro, un tamaño mucho menor que nuestro satélite natural, la Luna.


El telescopio espacial Hubble sigue desvelando sorpresas sobre el universo, aunque en esta ocasión no se ha ido a los confines de la galaxia. Sin salir del cinturón de asteroides que se encuentra entre Marte y Júpiter, los científicos acaban de confirmar que Palas 2, considerado hasta ahora un asteroide, es en realidad un protoplaneta que ha permanecido intacto desde su formación.

El descubrimiento, publicado en el número de este viernes de la revista Science, coloca a Palas al mismo nivel que Ceres 1 y Vesta 4, dos de los cuerpos más grandes del cinturón de Asteroides. De hecho su primera observación, realizada por Heinrich Wilhelm Olvers en 1802, fue la primera de un asteroide tras la de Ceres, descubierto un año antes en la misma zona del espacio y ocurrió casualmente mientras su descubridor estaba buscando el otro cuerpo.

Un protoplaneta es un cuerpo celeste considerado como el embrión de un planeta. Palas tiene 265 kilómetros de diámetro, por lo que sigue siendo más pequeño que Ceres y Vesta y de un tamaño mucho menor que nuestro satélite, la Luna.

Con las imágenes provenientes del Hubble los científicos han sido capaces de caracterizar su superficie, identificando variaciones de color y topografía que podrían estar relacionadas con la evolución del asteroide y a la formación de su familia orbital, es decir, los asteroides que comparten sus propiedades y que se cree son los fragmentos de una colisión. En concreto, un gran cráter de impacto podría suponer el origen de la familia Palas.

A partir de las observaciones del Hubble, los científicos también han podido proponer que Palas 2 se formó a partir de algún tipo de material rico en agua y pudo haber sufrido alguna alteración interna.
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